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miércoles, enero 12, 2011

ANARQUISMO

No hay muchas ideas que hayan merecido su nombre. El
anarquismo pudo reclamar ese derecho, y a ello contribuyeron
las impugnaciones gubernamentales y las connotaciones pánicas
que fue acumulando su historia. Los anarquistas afrontaron
por un siglo entero el repudio y la persecución por parte de
todos los Estados por igual, irritados por los rasgos excéntricos
y extremos de éste pensamiento del “afuera” y tan refractario
a los símbolos de su tiempo. Originados en una horma
anómala, los anarquistas aprestaron y difundieron propuestas
que no estaban contempladas en el pacto fundador del ideario
republicano moderno y que darían contorno a la imaginación
antagonista del dominio del hombre por el hombre. No sorprende
que una “leyenda negra” haya acompañado la historia
del movimiento libertario: utopía, nihilismo, asociales, quimera
política, fogoneros de asonadas violentas, maximalistas intratables.
Las recusaciones no han sido escasas pero, aunque
diversas y proferidas con buena o mala fe, no dejan de ser triviales,
pues la cualidad “absoluta” o “purista” de las demandas
anarquistas no las transformó necesariamente en el cerrojo
de una petición imposible sino en el tónico de un pensamiento
exigente que nunca ha favorecido fáciles transacciones políticas
o éticas. De allí también que el anarquismo jamás se beneficiara
de la indiferencia pública.
La “democracia” es considerada por muchos el régimen que
ha logrado conceder al habitante el mayor grado de hospitalidad
política posible. Pero la hegemonía de que disfrutan en la
actualidad las instituciones asociadas a la representación quizá
sea consecuencia de una abdicación, efecto de decepciones históricas.
Y aún, no es difícil reconocer en los regímenes
representacionales realmente existentes la yerra del aprendizaje
de la sumisión humana, que en el siglo XX se impuso, bien
con maneras despiadadas, bien sofisticadas. Con más razón
causará asombro al lector de la historia de las ideas que en un
tiempo casi olvidado haya podido promoverse una sociedad
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sin jerarquías e instaurado instituciones y modos de vida regidas
por costumbres y valores libertarios, cuyo rango abarcó el
anarcosindicalismo y el individualismo anárquico, el grupo de
afinidad y la práctica del amor libre, la enseñanza del
antiautoritarismo en las escuelas “racionalistas” y la difusión
de una mística de la libertad hasta los confines geográficos más
inhóspitos del planeta. Los anarquistas conformaron una corriente
migratoria “hormiga”, en cuyo corazón y tripa se albergaba
la proyección de un atlas inédito en cuestiones económicas,
políticas y culturales. Quien releve los actos históricos
del anarquismo, en los que se grabaron a fuego una moral exigente
y tenaz, actitudes disidentes e imaginativas, humor
paródico de índole anticlerical e innovaciones en el ámbito pedagógico,
se encontrará con una reserva de saber refractario,
fruto de un maceramiento que hoy está olvidado o es desconocido
por la cultura de izquierda. De hecho, la supervivencia del
anarquismo es, por un lado, casi milagrosa, dada la magnitud
de hostilidad que debió sobrellevar y las derrotas que hubo de
encajar; por otro lado su perseverancia es comprensible, pues
no ha surgido hasta el momento antídoto teórico y existencial
contra la sociedad de la dominación de mejor calidad. Aun
cuando el alarmista se apresure en tacharla por fantasiosa, o
incluso por peligrosa.
El anarquismo se propagó al modo de las antiguas herejías,
como una urgencia espiritual que impulsó al ideal de emancipación
madurado durante la Revolución Francesa a correrse
más allá de los límites simbólicos y materiales permitidos por
las instituciones a las que se había otorgado el monopolio de la
regulación de la libertad. Quizá porque los anarquistas fueron
los albaceas más fieles de los afanes jacobinos, tanto como correas
de transmisión de la antigua llamada milenarista, pudieron
transformar el lema de la libertad, la igualdad y la fraternidad
en el trípode de una mística poderosa. El anarquismo transmitía
un linaje de resistencia: fue en el siglo XIX la reencarnación
de las rebeliones campesinas europeas, de las sectas radicales
inglesas y de los sans-culottes. En los acontecimientos
animados por los libertarios se encarnaron energías políticas
que esparcieron el reclamo de una sociedad antípoda, aun cuando
los padres fundadores de “la Idea” no hayan ofrecido conEL
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tornos excesivamente planificados del futuro. Sirva esto para
tranquilizar a quienes gustan de hacer enroques entre las palabras
“socialismo” y “totalitarismo”.
Tres doctrinas, liberalismo, marxismo y anarquismo, constituyeron
los vértices del tenso triángulo de las filosofías políticas
emancipatorias modernas. El siglo XX se nutrió de sus
consignas, esperanzas y sistemas teóricos tanto como los puso
a prueba y los extenuó. De acuerdo con troqueles distintos,
tanto Stuart Mill como Marx y Bakunin estaban atravesados
por la pasión por excelencia del siglo XIX: la libertad. Hay,
entre las tres ideas, canales subterráneos que las vinculan con
el mismo lecho ilustrado del río moderno. Pero también abismos
separan a las ideas libertarias de las marxistas, comenzando
por el énfasis puesto por los anarquistas en la correlación
moral entre medios y fines, siguiendo por su escepticismo
en cuanto a los privilegios que se arrogaron para sí el “partido
de vanguardia” y el Estado en los procesos revolucionarios, y
culminando en la firme confianza depositada por los
anarquistas en la autonomía individual y en los criterios personales.
Del liberalismo, los anarquistas nunca pudieron aceptar
su asunción de que libertad política y justicia económica
fueran, eventualmente, polos difícilmente conciliables. Los
anarquistas prefirieron no elegir uno u otro desiderátum moral
y dejaron que el impulso informante y fundante de sus ideas,
la libertad absoluta, resolviera esa tensión al interior de un
horizonte mental más amplio.
Para Mijail Bakunin, quizá la figura emblemática de la historia
del anarquismo, la libertad era un “mito”, una acuñación
simbólica capaz de contrapesar las creencias estatalistas
y religiosas; pero también un “medio ambiente” pregnante, el
oxígeno espiritual de espacios inéditos para la acción humana.
Bakunin insistió en que era abyecto aceptar que un superior
jerárquico nos diera forma. En el rechazo de las palabras
autorizadas y de las liturgias institucionales los anarquistas
cifraban la posibilidad de implantar avanzadillas de un nuevo
mundo, forjando una red de contrasociedades a la vez “adentro”
y “afuera” de la condición oprimida de la humanidad.
De allí que el anarquismo no consistiera solamente en un modo
de pensar al dominio sino fundamentalmente en un medio de
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vivir contra el mismo. En su voluntad de “dar vuelta” el imaginario
jerárquico el anarquismo postuló los fundamentos de
una ciencia y de una experiencia de la libertad: la ciencia de la
desobediencia como camino de autoconcientización y la experiencia
de vivir cotidianamente como “espíritus libres”, pues
la historia es, para el anarquista, el “campo de pruebas” de la
libertad.
Por haber demandado libertades irrestrictas el anarquismo
pudo realizar una autopsia política de la modernidad que caló
sus instituciones hasta el hueso, exponiendo impotencias y defectos
de nacimiento. Esa autopsia le estuvo vedada al marxismo,
obsesionado con la “toma del poder”, y al reformismo,
que una y otra vez trastabilló con paradojas a las que no pudo
destrabar y sobre las que se arroja incombustiblemente hasta
nuestros días. Si suele decirse que Marx develó el secreto de la
explotación económica, fue Bakunin quien “descubrió” el secreto
de la dominación: el poder jerárquico como constante
histórica y garantía de toda forma de iniquidad. La intuición
teórica de los padres fundadores del anarquismo colocó la cuestión
del poder separado en su mira: insistieron en que las desigualdades
de poder son determinantes, e históricamente previas,
de las diferenciaciones económicas. Es entonces en el dominio
político (y no sólo en las actividades cumplidas en los
procesos industriales) donde se debe hallar la clave de comprensión
de la sociedad de la dominación. Sus colofones modernos,
el Estado liberal o el autocrático, se constituían en perros
guardianes de la jerarquización del mundo. Hoy quizás
habría que identificar esos cancerberos, además, en otras instituciones.
Pero a los anarquistas siempre les ha sido indiferente
si un territorio es gobernado con puño de hierro o con palabras
suaves, pues la zona opaca que combatieron es la voluntad
de sometimiento a la potencia estatal (un principio de soberanía
antes que un “aparato”), centro unificador de una geometría
concéntrica y vertical. Todas las invenciones culturales
y políticas de índole libertaria confluyeron en una estrategia
horizontal de la contrapotencia, negación de la representación
parlamentaria que reduce las artes lingüísticas y vitales de una
comunidad al juego de birlibirloque en que coinciden mayorías
y minorías. Para Bakunin, las modalidades de la dominaEL
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ción se adaptaban a los grandes cambios históricos pero las
significaciones imaginarias asociadas con la jerarquía persistían,
y se constituían en interdicto, en condición de imposibilidad
para pensar el secreto del dominio. A lo largo del siglo XX,
ha circulado en el espacio público la cuestión de la “dignidad”
económica y ha podido “tematizarse” la opresión de “género”:
ya han adquirido alguna suerte de carta de ciudadanía en
tanto problemas teóricos, políticos, gremiales, académicos o
periodísticos. Pero la jerarquía continúa siendo un tabú.
La camaradería humana exenta de jerarquía podrá parecer
un argumento de novela bucólica o de ciencia-ficción, pero es
en verdad un tabú político. Ese tabú es combatido, sin embargo,
no sólo en ciertos momentos históricos emblemáticos sino
también por medio de prácticas cotidianas que suelen pasar
desapercibidas a los filósofos políticos únicamente obsesionados
con las condiciones de gubernamentalidad de un territorio,
por la legitimidad de la forma-estado o de las instituciones
representativas, o por la fiscalización de sus actos. La posibilidad
de abolir el poder jerárquico es lo impensable, lo inimaginable
de la política; imposibilidad garantizada por las tecnologías
de la subjetividad que regulan los actos humanos, que fomentan
el deseo de sumisión, y que muy tempranamente se
enraízan en el aparato psíquico. Para Hobbes o Maquiavelo
no puede existe unidad entre el pueblo y su gobierno si no hay
sumisión –voluntaria o involuntaria, legítima o ilegítima–, y
no hay sumisión sin terror, en alguna dosis. Fundar una política
sobre la camaradería comunitaria y no sobre el miedo fue la
respuesta anarquista, y para ello era preciso anular o debilitar
las instituciones autorreproductoras de la jerarquía a fin de
permitir que la metamorfosis social no sea orientada por el
Estado. Esta pretensión no podía sino ser considerada como
una anomalía riesgosa por los bienpensantes y como un peligro
por la policía.
El “genio” del anarquismo no sólo consistió en la promoción
de un ideal de redención humana sino también en la instauración
de nuevas instituciones y modos de vivir al interior
de la sociedad impugnada que a su vez intentaban relevarla
(sindicatos, grupos de afinidad, escuelas libres, comunidades
autoorganizadas y modos autogestionarios de producción). De
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allí la obsesión del anarquismo por garantizar la correspondencia
entre fines y medios. La disciplina partidaria, las elites
iluminadas y las maquinas electoralistas son la negación del
grupo de pertenencia conformado por espíritus afines, de la
capacidad organizadora de la comunidad y de la independencia
política personal. El marxismo aún no sabe cómo salir de
sus viejas certezas autoritarias ni sacar una enseñanza libertaria
de setenta años de desastre soviético. En el caso del liberalismo,
las expectativas de sus promotores están fijadas en la posibilidad
de hacer imperar la ley en las instituciones políticas.
Pero el hecho de poder elegir en comicios a un “amo bueno”
(del “padrecito zar” al “demócrata bienintencionado” la
imaginería heroica de los entusiastas de la representación política
no ha cambiado sustancialmente) no mejora a un sistema
de dominación así como la fiscalización de los actos de gobierno
es una tarea defensiva que, por otra parte, suele reforzar el
imaginario jerárquico. El problema de la “legitimidad” de un
gobierno, tan importante para los filósofos políticos liberales
es, para un pensamiento contrainstitucional como el anarquista,
un problema mal planteado. Bakunin sostenía en el siglo
XIX que los parlamentos democráticos eran “sociedades
declamatorias”. Y hablaba de hombres que se tomaban en serio
al “arte del buen gobierno” y al “bien común” y no de las
mafias políticas de la actualidad, encadenadas a alianzas de
poder de las que son inextirpables. La preocupación por la
institucionalización de formas democráticas y por la legitimidad
de los gobiernos electos menosprecia la sustancia de la
razón de Estado, plagada de decisionismo tecnocrático, burocracias
partidarias que dedican casi todas sus energías a
autorreproducir sus condiciones de perdurabilidad, y por asesores
y operadores gubernamentales, subespecie cuyos cubiles
se ocultan tras bambalinas.
Si las tumultuosas vicisitudes de la multitud del siglo XIX
encontraron en las ideas libertarias una suerte de confirmación
política es porque ellas se adecuaban dúctilmente a las pasiones
populares ansiosas de desencadenamiento. La energía oscura
del lumpenproletariado o de las sediciones populares nunca
ha gozado de estima entre los que suponen que el funcionamiento
automático de las sociedades es precondición y clave
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de seguridad a la hora de permitir la discusión pública de las
libertades. Pero las necesidades del perseguido son distintas a
las del perseguidor. La política y la ética anarquista confiaron
en artes comunitarias que eran aún ajenas al proceso de
institucionalización de poderes modernos tanto como en la
“garra” personal, que otorgó estilo y temple a la potencia e
insistencia de su rechazo. También fueron la causa de que el
anarquismo haya sido generador de un desorden fértil y de una
imaginería política impugnadora que son extrañas a otras tradiciones
políticas. Por eso es inevitable que en los momentos
febriles de la historia se atisbe la presencia de anarquistas, tanto
en los pronunciamientos disidentes como en las asonadas
espontáneas, porque los anarquistas siempre han sido aves de
las tormentas.
En las prácticas históricas del movimiento libertario no se
encontrará tanto una teoría acabada de la revolución como
una voluntad de revolucionar cultural y políticamente a la sociedad

POR SILVIA  NARKA

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